Agencia Innova Digital.-El 6 de enero, México se detiene para rendir culto a una costumbre que, aunque se presenta como inocente y festiva, encierra compromisos y cargas sociales que pocos cuestionan. La Rosca de Reyes, ese pan circular que se parte con solemnidad, no es solo un símbolo de eternidad y amor divino: es también un recordatorio de cómo la tradición puede convertirse en obligación.
La historia oficial nos dice que la rosca llegó desde Europa en la Edad Media y se incrustó en la cultura mexicana durante la Conquista. Pero lo que se omite es cómo este ritual se ha transformado en un mecanismo de presión social: quien encuentra al “niño” en su porción no recibe un premio, sino una deuda. El compromiso de organizar la Candelaria el 2 de febrero se convierte en una carga económica y social que perpetúa la lógica de que la fiesta nunca termina, aunque el bolsillo sí.
Los Reyes Magos —Melchor, Gaspar y Baltasar— son recordados como portadores de oro, incienso y mirra. Hoy, en cambio, los mexicanos cargan con gastos, compromisos y la expectativa de cumplir con la tradición, aunque esta se convierta en un peso más que en un gozo. La rosca, con su forma circular, simboliza la eternidad, sí, pero también la repetición incesante de un ciclo que obliga más de lo que celebra.
En pleno 2026, cabe preguntarse: ¿seguimos partiendo la rosca por fe y unión, o porque la presión cultural nos dicta que no hay escapatoria?