Agencia Innova Digital.-La Navidad, esa fiesta que debería ser sinónimo de unión y afecto, se ha convertido en un campo minado de trampas financieras y emocionales. El clásico El regalo prometido con Arnold Schwarzenegger no es solo una comedia navideña: es el espejo incómodo de una sociedad que confunde cariño con consumo y presencia con deuda.

Endeudarse para comprar amor es la red flag definitiva. No es el árbol ni los adornos lo que pesa, sino el estado de cuenta. Padres y madres que trabajan jornadas interminables caen en la ilusión de que el valor de su afecto se mide en recibos y tickets acumulados. Pero la verdad es brutal: comprar cariño a 18 meses sin intereses es como ponerle un curita de oro a una herida que solo sana con tiempo y presencia.

El consumismo por culpa nos arrastra a competir con el vecino de Instagram, a complacer al Dudley Dursley interior que nunca se sacia, y a pagar juguetes rotos en agosto que ya nadie recuerda. Como advierte Zygmunt Bauman, en la modernidad líquida las relaciones se diluyen y se reemplazan por objetos; y como sentencia Dave Ramsey, “no compres cosas que no necesitas, con dinero que no tienes, para impresionar a gente que no te agrada”.

La verdadera magia navideña no está en el centro comercial, sino en la mesa compartida sin la sombra de la deuda. La regla de los cuatro regalos, la prueba de los diez años y el valor de las experiencias sobre el plástico son recordatorios de que la libertad financiera es el mejor obsequio que podemos dar.

En esta Navidad, más que Turbo-Man, lo urgente es rescatar a Santa Claus y a los Reyes Magos de la bancarrota emocional y económica. Porque nuestro valor como personas no viene con código de barras, y el amor nunca debería pagarse a plazos.