Agencia Innova Digital.- Querétaro, Qro. Mientras la maquinaria del entretenimiento intentaba encender la fiesta en el Estadio Corregidora, la cruda realidad del país se filtró por las tribunas. En un ambiente cargado de una solemnidad incómoda para los altos mandos, la Selección Mexicana tuvo que detener su millonario espectáculo para rendir un homenaje —tan necesario como tardío— a los militares caídos en el reciente operativo contra el líder del CJNG, Nemesio Oseguera “El Mencho”.
El estruendo de la banda de guerra, cuyas notas marciales resonaron con una fuerza que opacó cualquier porra organizada, recordó a los asistentes que, fuera de la burbuja del balón, hay una guerra costando vidas mexicanas. El minuto de silencio no fue solo un protocolo; fue un grito de realidad en medio de un negocio que suele dar la espalda a la crisis de seguridad que desangra a la nación.
Resulta irónico que, en un recinto que ha sido testigo de la violencia más pura en el pasado, hoy se busque “limpiar” la imagen con un partido de fútbol, mientras las familias de los uniformados enfrentan el vacío dejado por un operativo que muchos califican de suicida. Los jugadores, figuras de porcelana que viven en el privilegio, bajaron la mirada ante el sonido de la trompeta que honraba a quienes sí arriesgan la vida por unos cuantos pesos.
El Corregidora guardó silencio, pero el eco de las balas en la sierra sigue retumbando. ¿Cuánto tiempo más podrá el fútbol servir de cortina de humo para un México que entierra a sus soldados mientras grita un gol?
