En Política, La Narrativa Es Poder.
Por La Red Fantasma. – Y cuando un gobierno siente que la está perdiendo, recurre a la herramienta más vieja del sistema: la marcha oficialista.
El gobierno central no tardará en convocar una movilización masiva. No porque exista una causa ciudadana auténtica detrás, sino porque necesita medir músculo, contrarrestar las marchas espontáneas y equilibrar la percepción pública. Es un reflejo automático del poder cuando la calle empieza a inclinarse del lado contrario.
Hoy es más visible que nunca.
No importa si se trata de inseguridad, economía, encarecimiento de la canasta básica o reclamos por medicamentos: cuando surge una protesta legítima, al sistema le urge responder con un evento monumental, aunque sea artificial, aunque implique millones en logística, transporte y acarreo disfrazado de “movilización voluntaria”.
La maquinaria ya está aceitada.
Los tres poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— funcionan bajo el mismo color, y eso permite activar una red de operadores, funcionarios, sindicatos, estructuras y dependencias completas.
Cuando se decide marchar “desde el gobierno”, no es una marcha: es una operación de Estado.
Camiones, viáticos, días laborales “recomendados”, listas de asistencia, apoyos y amenazas veladas se mezclan con discursos épicos sobre unidad nacional. Todo pagado, directa o indirectamente, con recursos públicos.
La ciudadanía lo sabe.
Y por eso la comparación duele: mientras la gente protesta con su propio dinero, el gobierno protesta con el dinero de la gente.
El objetivo no es la causa; el objetivo es la narrativa.
Es demostrar que “la mayoría” sigue ahí, aunque esa mayoría dependa de una estructura obligada, presionada o incentivada para llenar calles y plazas. No buscan convencer: buscan aplastar la percepción contraria.
La pregunta no es qué marcha anunciarán.
La pregunta es qué pretexto inventarán esta vez para justificar la movilización: un aniversario improvisado, una defensa de algo “en riesgo”, una celebración fabricada o un evento que nadie pidió.
El punto es que la narrativa del poder no se ceda ni un centímetro.
Pero aunque llenen plazas con miles de asistentes, hay algo que no pueden controlar: la autenticidad.
Una marcha movilizada por el aparato gubernamental puede ser grande, pero no es orgánica.
Y en la era de las redes sociales, eso se nota más que nunca.
El sistema puede mover cuerpos; lo que no puede mover tan fácilmente es conciencias.
Y cuando la inconformidad ciudadana crece, los eventos oficiales dejan de impresionar y empiezan a evidenciarse como lo que son: espectáculos para sostener un relato político que ya no convence igual que antes.
La narrativa está en disputa.
El gobierno lo sabe.
Y por eso prepara su siguiente “gran marcha”.
La calle será el juez final. Y cuando llegue ese momento, no habrá acarreados que salven una narrativa agotada.
Porque la legitimidad no se impone: se gana.
Nos leemos pronto. La Red Fantasma sigue observando.
