Red Oscura.-En Venezuela, el reciente protagonismo del diputado Nicolás Maduro Guerra, hijo del mandatario, vuelve a encender las alarmas sobre un fenómeno que se repite con demasiada frecuencia en nuestra región: el nepotismo como vía de perpetuación en el poder. En un video difundido por Telesur, el joven legislador agradece públicamente a los integrantes de la cámara, pero detrás de las palabras de cortesía se percibe con claridad el trasfondo: la herencia política como si se tratara de un título nobiliario, un mandato divino que pasa de padres a hijos sin esfuerzo ni mérito.
Este patrón no es exclusivo de Venezuela. En México, aunque bajo formas más sutiles, también se observa cómo familias enteras se enquistan en las estructuras de poder, desde municipios hasta congresos locales, replicando la lógica de negocios familiares disfrazados de representación popular. El tráfico de influencias y la consolidación de clanes políticos se convierten en un obstáculo para la democracia real, debilitando la confianza ciudadana y perpetuando privilegios.
La reflexión es inevitable: ¿hasta cuándo se tolerará que los cargos públicos se conviertan en herencias familiares? La población mexicana debe ser observadora, crítica y madura en el combate contra estas prácticas. No basta con indignarse; es necesario exigir legislación firme que impida la perpetuación de dinastías políticas y que garantice que el poder no se administre como si fuera propiedad privada.
Hoy más que nunca, los cambios políticos en nuestro país requieren vigilancia activa. El nepotismo no es un detalle menor: es una amenaza directa a la democracia, un recordatorio de que la ciudadanía debe estar atenta, informada y dispuesta a frenar cualquier intento de instaurar monarquías disfrazadas de repúblicas.
